Año 2023, Abril, 28. Foro N° 4.
La familia es una institución de suma importancia para nuestra vida personal y social. Con una buena familia detrás podemos conquistar el mundo, porque aunque la familia es la institución más pequeña del mundo, también es la más grande. Es mucho más pequeña que un pueblo, una ciudad, una región o un estado, pero también es más grande que estas entidades, porque es lo primero. Antes de que hubiera pueblos, había familias. Antes del surgimiento de los grandes imperios, las pequeñas familias ya habían prosperado durante generaciones. Sin la familia, ciertamente nunca habrían existido pueblos, ciudades o naciones. La familia es uno de los regalos más maravillosos de Dios. Es la institución que forma el carácter humano como ninguna otra.

Por ello, no es de extrañar que el Papa Francisco haya dedicado su Exhortación Apostólica Amoris laetitia (AL) al tema de la familia. «La Biblia está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares, desde la primera página, donde entra en escena la familia de Adán y Eva con su peso de violencia, pero también con la fuerza de la vida que continúa (cf. Gn 4), hasta la última página donde aparecen las bodas de la Esposa y del Cordero (cf. Ap 21,2.9)» (AL 8).
En el bien o en el mal, en la riqueza o en la pobreza, en la enfermedad o en la salud, cada uno de nosotros lleva a su familia dentro de sí, todos los días de su vida. Nuestra familia no está con nosotros como un mero recuerdo, sino que tiene una influencia decisiva en nuestra forma de actuar y comportarnos. Nuestros propios cuerpos son moldeados por nuestros padres. Hablamos como ellos, nos parecemos a ellos. Inconscientemente imitamos sus gestos y caminamos con una marcha similar.
La influencia de los padres se imprime en nuestra psiquis de forma aún más profunda. Heredamos muchos valores, explícitos e implícitos, de nuestras familias. Los objetivos que perseguimos deben mucho a las ambiciones de nuestra familia, y a nuestra reacción a sus aspiraciones. La familia es una tela de araña de la que nunca podemos salir y de la que nunca queremos desprendernos.
Pero hoy en día no se está de acuerdo en que la familia siga desempeñando un papel central en la sociedad. Aunque la estructura familiar sigue existiendo, en algunos casos es muy difícil reconocer lo que había sido para la generación anterior. Vemos nuevas configuraciones relacionales de parejas del mismo sexo que acogen a niños con la ayuda de madres de alquiler o padres donantes de esperma. Aunque fuerzan algunos límites morales importantes, estas «familias» alternativas se inspiran tanto en la familia tradicional que, paradójicamente, dan fe de nuestra nostalgia por el modelo familiar tradicional.
En Occidente se toleran las configuraciones relacionales inusuales y vanguardistas, pero la familia tradicional ya no está de moda. Incluso la expresión «valores familiares» simboliza para algunos una adhesión ciega e irreflexiva a una moral estrecha y anticuada. En este contexto surge la pregunta: ¿es posible vivir como familias cristianas en el mundo actual?
La tarea es ciertamente más difícil y exigente de lo que ha sido hasta ahora. Antes, las sociedades occidentales se identificaban hasta cierto punto con los valores cristianos. Como muchos cristianos vivían en un entorno que apoyaba la unidad familiar, su compromiso podía sobrevivir sin estar profundamente arraigado. Pero, dado que el clima cultural que nos rodea es tan inestable, nuestras raíces deben profundizar en el suelo de nuestra fe si queremos atravesar el temporal.
Preguntas que nos desafían
En las sociedades occidentales, y en algunas otras, ese modelo tradicional se ha roto. Ya no hay expectativas de monogamia, compromiso de por vida e hijos. Cuando la situación se vuelve difícil, el divorcio es visto por muchos como una opción razonable. ¿Qué futuro le espera a la familia? ¿Recuperará su antigua posición como unidad fundamental de la cultura occidental, o seguirá transformándose en múltiples formas? ¿Proporcionará el matrimonio una estructura estable para emprender el viaje de la vida, o sólo un lugar de descanso temporal? ¿Qué ocurre con un tejido social en el que los individuos hacen una promesa de matrimonio duradera sólo para romperla fácilmente si las cosas no salen como se planean? ¿Se verán los niños reducidos a peones en las amargas luchas entre padres divorciados? ¿Sus vidas tienen que partirse en dos porque sus padres se han separado? ¿Qué ocurre con la relación con el progenitor que adopta el papel de padre visitante, con acceso regular o sólo intermitente a los hijos? ¿Cómo se puede ayudar a los niños a hacer frente a los sentimientos de soledad y de no ser queridos, que pueden afectarles cuando sus padres se divorcian, y cuando la ira no resuelta por la conducta de sus padres permanece con ellos durante mucho tiempo? ¿Qué ocurre si uno de los padres quiere divorciarse? ¿La preferencia de ese padre determinará lo que ocurra? ¿Y si el otro progenitor, y también los hijos, quieren salvar el matrimonio? ¿Los deseos y necesidades de quién son más importantes? Si uno o ambos cónyuges intentan vivir su vida matrimonial lo mejor posible, pero fracasan, ¿deben seguir viviendo juntos? ¿Qué se puede hacer para apoyar a los padres solteros -la gran mayoría de los cuales son madres- cuando intentan criar a sus hijos solos? En el caso de los donantes de esperma y las madres de alquiler, ¿quién es la verdadera madre o el verdadero padre? ¿Es realmente irrelevante la identidad de los óvulos o el esperma del donante? ¿Es justo para los niños que la madre o el padre genéticos permanezcan en el anonimato? ¿Tienen los niños adoptados y los bebés probeta derecho a conocer al menos el historial genético de sus padres biológicos, para prevenir futuros problemas de salud? ¿Qué significa para un niño enterarse de que su padre o su madre serán ilocalizables para siempre? ¿O saber que es un niño planificado, por el que pagaste creyendo que saldría un tipo de niño concreto? Y si no consigue ser la maravilla genética con la que contaban sus padres, ¿cuáles serán las consecuencias para él? ¿Y para los padres?
El valor de la familia
La familia tiene una influencia decisiva en nuestra personalidad y destino. Siempre nacemos en un contexto humano. Entramos en el mundo desde el cuerpo de una mujer. Puede ser soltera, casada o divorciada. Puede tener una pareja cariñosa y solidaria, o una violenta y dominante. Su entorno familiar puede ser pobre, cómodo o rico; sus padres pueden ser educados o analfabetos, emocionalmente maduros o inmaduros. Todos estos factores influyen en nuestra perspectiva existencial. No todos partimos del mismo lugar. Estaría bien que todos fuéramos iguales, pero por la forma en que se reparten las cartas, «unos son más iguales que otros».
Nuestro carácter, nuestra personalidad, se desarrolla a lo largo de la vida. El proceso comienza en la familia. Es allí donde los niños aprenden primero a amar y a odiar, a ser amables o manipuladores, a servir o a enseñorearse de los demás. La familia es la escuela fundamental para la vida. Si los niños sólo aprenden la injusticia en la familia, será muy difícil que construyan una cultura justa cuando sean adultos. Si se les enseña a mentir y a engañar, luego tendrán grandes dificultades para ayudar a construir una. A pesar de toda la controversia sobre el papel de la familia en la cultura occidental, hay algo profundamente tranquilizador en el hecho de que muchas personas sigan creyendo en su valor. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, promulgada por las Naciones Unidas en 1948, proclamó que “la familia es la unidad fundamental de la sociedad”. No es una declaración de que las cosas son así, sino una declaración de cómo deberían ser. No es una descripción del estado de la familia, sino la formulación de un ideal para la familia. No es un hecho empírico, sino un valor. Incluso cuando el estado de la familia no se corresponde con este valor, seguimos queriendo que la familia esté a la altura de este valor, queremos que la familia sea el núcleo de la sociedad.
Este valor es profundamente tranquilizador, porque con él decimos que no queremos que el individuo o el individualismo sean la realidad fundamental de la sociedad. En la base de cualquier sociedad queremos que haya un grupo de personas llamado «familia» y conectado dentro de ella por vínculos profundos y duraderos. En el centro de la cultura queremos una estructura altruista, en lugar de una tendencia constante al interés individual: un hombre y una mujer que se han unido voluntariamente, dispuestos a dar lo mejor de sí mismos para la vida y a hacer sacrificios para traer hijos al mundo y cuidarlos. Mientras perdure la institución de la familia, sean cuales sean los defectos y fracasos de las familias concretas, tendremos una institución que es más grande que una persona, una estructura que por su naturaleza tiende a trascender los límites estrechos y autorreferenciales del egoísmo. La familia es un signo de esperanza de que en nuestro mundo la preocupación egoísta no tiene la primera y última palabra.
La desaparición de los padres
«Se dice que nuestra sociedad es una “sociedad sin padres”. En la cultura occidental, la figura del padre estaría simbólicamente ausente, desviada, desvanecida. Aun la virilidad pareciera cuestionada. Se ha producido una comprensible confusión» (AL 176). La desaparición de los padres es una de las mayores crisis a las que se enfrenta la cultura mundial. Si falta una relación sana con el padre, los bebés y los niños pequeños se vuelven radicalmente inseguros. Son los padres los que dan valor a sus hijos: la disposición a asumir riesgos, la voluntad de ser intelectualmente curiosos, la fuerza para ser cada vez más independientes. Si queremos un futuro mejor para nuestros hijos, tenemos que invertir en los padres.
Las madres y la maternidad tienen una imagen positiva en la opinión pública, y con razón. Los padres, por su parte, además de estar en el punto de mira como padres, son objeto de nuevas preguntas; sobre todo, se espera que tengan un papel más activo e implicado en la vida de sus hijos/as. Los hombres de hoy están dispuestos a ensuciarse las manos cambiando pañales y haciendo las tareas del hogar, pero parte de su nuevo papel, les enfrenta a una insuficiencia: ¿cómo ayudar a sus hijos/as a desarrollarse emocionalmente? ¿Cómo ayudarles a sentirse cómodos en un mundo de hombres? En el pasado, ser un buen padre no implicaba exigencias tan explícitas, por lo que los padres de hoy no tienen modelos a seguir. En el pasado se esperaba que los padres fueran inversores financieros, pero rara vez se esperaba que hicieran inversiones emocionales en sus hijos. La necesidad de ser algo más que un mero sostén de la familia, es desalentadora. Este es un territorio nuevo e inexplorado. Los padres de hoy encuentran poca o ninguna experiencia en su pasado para educarles sobre la enorme diferencia que puede suponer un padre afectuoso y cariñoso.
Las mujeres tienen la oportunidad de prepararse para la maternidad a través del embarazo. A medida que sienten que su cuerpo cambia y crece a lo largo de los nueve meses, reciben un recordatorio visible de lo que está por venir y, una vez que nace el bebé, están físicamente equipadas para amamantarlo. Los hombres no ven un papel tan claramente planificado por delante: una vez que su mujer se queda embarazada, su papel físico en el nacimiento del nuevo bebé parece estar concluido. Ser un futuro padre significa aceptar pasivamente lo que está sucediendo, observando desde una distancia que contribuye a mantenerlo ajeno e incluso distante. ¿A cuántos futuros padres se invita a las clases prenatales? ¿Cuántos reciben al menos explicaciones del ginecólogo de su mujer? ¿Cuántos reciben el permiso de paternidad? Es demasiado fácil para los padres escuchar el mensaje subliminal de que sólo son padres de segunda clase, mientras que el centro del escenario pertenece a las madres.
Pero nada de esto quiere decir que los padres deban limitarse a ser entidades cálidas, dulces y amistosas para sus hijos. Los padres ayudan mejor a sus hijos pequeños si les permiten desprenderse de sus madres, si les muestran que hay otras formas de vivir, valientes y admirables, además del apego a la madre. Sin duda, debe ayudarles a realizar esta transición con suavidad y gracia. También debe ayudar a la madre a desprenderse de sus hijos, tranquilizándola y acompañándola en ese momento de separación.
Encontrar el equilibrio adecuado
Todo padre se enfrenta a una tentación de doble filo: o bien interpretar la paternidad como un absoluto que lo convierte en completamente autoritario, o bien disolver la paternidad hasta tal punto que la relación con sus hijos se vuelva anodina e insípida, sin ninguna restricción de autoridad. En la sociedad occidental, el lado más enérgico de la paternidad tiene mala reputación, y palabras como «paternal» y «patriarcal» tienen una connotación negativa. Esta denominación tan negativa no carece de razón. Si los niños nunca han tenido una relación con su padre, o han tenido una en la que han sido excesivamente castigados, es probable que desarrollen una fuerte aversión por cualquier tipo de figura paterna, ya sean profesores o tutores, policías o políticos.
La imagen tradicional de la paternidad ha sido a menudo demasiado estrecha y restrictiva. Pero, ¿la solución está en un padre incierto o lejano y periférico? «El problema de nuestros días no parece ser ya tanto la presencia entrometida del padre, sino más bien su ausencia, el hecho de no estar presente. El padre está algunas veces tan concentrado en sí mismo y en su trabajo, y a veces en sus propias realizaciones individuales, que olvida incluso a la familia» (AL 176). Entre estos dos polos hay un equilibrio: es el modelo de paternidad basado en la autoridad y no en el autoritarismo, en el servicio y no en el servilismo, en el liderazgo sin arrogancia, en la disciplina sin represión.
El equilibrio adecuado es difícil de encontrar. Una madre sensible puede ayudar a un padre a recorrer el saludable camino del medio entre los extremos: su compasión natural intervendrá para evitar que el padre se vuelva demasiado estricto y, por otro lado, no dudará en invocar al padre como figura de autoridad para su hijo.
La cultura pop de la que están imbuidos los jóvenes no refleja una imagen equilibrada de la paternidad, sino a menudo sólo una de las polaridades: o bien una severidad inflexible o bien ninguna autoridad. De hecho, gran parte de la música pop ha culpado a las figuras paternas, a veces con razón, pero más a menudo sin ella.
Tener un padre es darse cuenta de que no somos nosotros los que empezamos nuestra vida. No estamos al principio de todo. Estamos conectados a alguien que vino antes que nosotros. En este sentido, tener un padre es ser “religioso” en el sentido etimológico de la palabra. El verbo latino religare, de hecho, tiene la connotación de “atar, ligar”. Tenemos un vínculo, un lazo; estamos conectados a alguien que nos precede, estamos en relación con alguien que está más allá y antes de nosotros.
Todo el mundo necesita un padre. Tener un padre da un sentido más sólido de quiénes somos, de dónde venimos. Sin un padre, nos sentimos débiles y frágiles, nunca estamos seguros. Nos sentimos desheredados y repudiados, defraudados y despojados.
Por supuesto, es importante el tipo de padre que uno tiene. Los niños no quieren un padre que les niegue la libertad y no les permita vivir su propia vida. Nadie quiere un padre que le quite todo, sino uno que, por el contrario, le anime, le dé generosamente.
Hoy en día, la autoridad de los padres debe provenir sobre todo de las personas que son; debe irradiar de su carácter. Es especialmente importante la relación que existe entre los padres y aquellos a cuyo servicio están. Si la gente confía en una figura paterna y ve su pureza, integridad y convicción como un hombre que vive lo que enseña, le concederá autoridad.
Las personas a las que servimos nos ayudan a descubrir, articular y fortalecer nuestra paternidad. He visto cómo la experiencia de convertirse en padre de un niño recién nacido hace aflorar una nueva dimensión en la naturaleza de un hombre. Entra en contacto con una nueva compasión. Experimenta una reafirmación de sí mismo como protector, cuidador y educador. Ser padre también da la posibilidad de convertirse en un hombre mejor. La paternidad no es sólo una gracia para el propio hombre, sino también un gran regalo para sus hijos/as, porque, junto con la madre, el padre tiene el privilegio de enseñar a sus hijos/as lo que significa ser humano, y el privilegio de ser el primer embajador de Dios ante ellos. Los niños están más que satisfechos cuando una figura paterna cree en ellos. Pero no todos los padres creen en sus hijos/as.
Thomas Casey Mayo.
(Sacerdote jesuita irlandés, profesor de Filososfía)
(Adaptación extraída de La Civiltà Cattolica 13, mayo de 2022)
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