Año 2023, marzo, 27. Foro N° 2.
La exhortación apostólica Amoris laetitia (AL) [1] aborda un tema complejo, difícil pero indispensable para la humanidad, cuya historia está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares. Entre las muchas preguntas y cuestiones que se abordan en el documento, nos gustaría centrarnos en un aspecto en particular, que ciertamente no es de importancia secundaria: ¿qué puede promover, desde un punto de vista psicológico, la estabilidad y la durabilidad de una pareja en el tiempo? ¿Es el amor sólo una cuestión de azar o de suerte, base de la magia y al mismo tiempo de las más amargas decepciones de la existencia, como señala la literatura de todas las épocas? ¿Puede durar el amor en el tiempo?

La literatura, cuando trata el tema del amor, insiste casi siempre en su comienzo, el enamoramiento, pero nunca nos cuenta qué es lo que hace que el amor perdure. La muerte de los amantes, o el clásico final «y vivieron felices para siempre», son básicamente estratagemas para evitar tratar el problema más importante en la vida de una pareja: la vida cotidiana, que puede desgastar hasta el amor más apasionado.
El desafío de la vida ordinaria
Parecería ser que, cuando se superan todos los impedimentos y todo se hace posible, la pasión parece debilitarse hasta el punto de extinguirse. La exhortación apostólica subraya más bien la importancia de postergar el deseo en el tiempo, en función de un proyecto más amplio, en el que, además de la pasión, hay otros aspectos menos llamativos que pueden hacer que la relación sea más satisfactoria y estable: «El amor necesita tiempo disponible y gratuito, que coloque otras cosas en un segundo lugar. Hace falta tiempo para dialogar, para abrazarse sin prisa, para compartir proyectos, para escucharse, para mirarse, para valorarse, para fortalecer la relación. A veces, el problema es el ritmo frenético de la sociedad, o los tiempos que imponen los compromisos laborales. Otras veces, el problema es que el tiempo que se pasa juntos no tiene calidad. Sólo compartimos un espacio físico, pero sin prestarnos atención el uno al otro» (AL 224).
Querer complacerlo todo debilita inmediatamente la relación, porque se centra en aspectos intensos pero efímeros (atracción física, pasión), descuidando otros aspectos igualmente decisivos. Sin embargo, para ser explorados adecuadamente, estos aspectos requieren un contexto de libertad y gratuidad que la intimidad precoz, algunas veces acaba minando [2].
Esta parece ser una de las principales razones por las que las parejas que se casan tras años de convivencia tienen muchas más probabilidades de separarse o de estar insatisfechas con su matrimonio que las que sólo empiezan a vivir juntas después de casarse. Esto es lo que los investigadores llaman ‘the cohabitation effect’, señalando que el problema no está relacionado con supuestas diferencias individuales de temperamento o de visión de la vida, sino con el hecho mismo de vivir juntos [3]. La búsqueda excesiva de seguridad debilita las relaciones y la capacidad de proyectarse.
Incluso la decisión de vivir juntos, rechazando el matrimonio o posponiéndolo indefinidamente, hace más frágil el vínculo de la pareja: la regla implícita es que cada uno puede marcharse cuando quiera, combinada con el miedo a que esto ocurra muy pronto. Este miedo acaba convirtiéndose en una profecía autocumplida. Es bien sabido, desde el punto de vista psicológico, lo mucho que el miedo a que ocurra un acontecimiento contribuye paradójicamente a que se produzca. De hecho, este tipo de unión tiene un índice de disolución diez veces superior al del matrimonio [4]. La asunción formal del compromiso es siempre un salto cualitativo respecto a la trayectoria anterior, que no se puede planificar, entre otras cosas porque los elementos que desde el punto de vista psicológico ayudan a la duración de la pareja no son los que suelen tener peso en el momento inicial del noviazgo.
A todo esto, hay que añadir las dificultades de la sociedad burguesa, que ha convertido el matrimonio en un asunto costoso y estresante, lo que desanima aún más dar ese paso: «La preparación próxima al matrimonio tiende a concentrarse en las invitaciones, la vestimenta, la fiesta y los innumerables detalles que consumen tanto el presupuesto como las energías y la alegría. Los novios llegan agobiados y agotados al casamiento, en lugar de dedicar las mejores fuerzas a prepararse como pareja para el paso que van a dar juntos. Esta mentalidad se refleja también en algunas uniones de hecho que nunca llegan al casamiento porque piensan en festejos demasiado costosos, en lugar de dar prioridad al amor mutuo y a su formalización ante los demás» (AL 212).
De ahí el reto que plantea la exhortación, un reto difícil pero indispensable para la salud y la vida de la familia, que se enfrenta a muchas propuestas ilusorias, pero también sumamente atractivas: poner de relieve lo que permite que la pareja perdure en el tiempo, permitiendo que el amor atraviese las múltiples y variadas etapas de la vida.
«En cada nueva etapa de la vida matrimonial hay que sentarse a volver a negociar los acuerdos, de manera que no haya ganadores ni perdedores, sino que los dos ganen. En el hogar las decisiones no se toman unilateralmente, y los dos comparten la responsabilidad por la familia, pero cada hogar es único y cada síntesis matrimonial es diferente» (AL 220).
¿Qué ayuda a la estabilidad de la pareja?
Esto hace que las preguntas de la exhortación Amoris laetitia sean de gran actualidad. El Papa señala una tendencia muy extendida en las parejas que puede tener graves consecuencias para la futura vida conyugal: «Lamentablemente, muchos llegan a las nupcias sin conocerse. Sólo se han distraído juntos, han hecho experiencias juntos, pero no han enfrentado el desafío de mostrarse a sí mismos y de aprender quién es en realidad el otro» (AL 210). Esta es la situación que está en la base de la mayoría de las historias de amor «románticas», en las que la pareja se centra en aspectos agradables y atractivos pero efímeros, sin prestar atención a otros aspectos menos llamativos, que sin embargo resultan ser fundamentales para el futuro.
Estos aspectos han sido destacados por quienes han estudiado la vida de las parejas desde un punto de vista psicológico. En un estudio de parejas jóvenes y adultas de entre 17 y 69 años, se descubrió que había diez habilidades fundamentales, cuya importancia surgía de forma diferente a lo largo del tiempo. Pueden ayudarnos a leer la posible identidad y desarrollo de la relación, sus expectativas y sus consecuencias [5].
La importancia de esta investigación se ve confirmada por el hecho de que, con el paso del tiempo, los elementos más atractivos de la primera fase de la vida de la pareja (aspecto físico, atractivo, placer, entendimiento sexual) tienden a decaer y requieren la presencia de otros parámetros: valores, conocimiento y comprensión de la otra persona, religiosidad, educación de los hijos, necesidades económicas. A estos aspectos no se les presta la debida atención en las etapas iniciales, y siguen siendo marginales incluso cuando se toma la decisión de casarse. Su ausencia, sin embargo, se hace sentir en el momento de la crisis: la vida en común pasa por diferentes etapas y exige refrendar la opción escogida varias veces [6].
Si al principio todo era fácil y espontáneo, más tarde puede ser el resultado de decisiones y del compromiso. El primer período, en el que la belleza y la frescura del encuentro están presentes por encima de todo, es también el más adecuado para explorar otras dimensiones – como las señaladas anteriormente – que son aparentemente marginales pero que resultan decisivas para el tiempo que sigue. Haberse divertido juntos es importante, pero no basta para conocerse, y este desconocimiento hará sentir sus efectos más adelante, cuando la dimensión de la intimidad tienda a disminuir y se requieran bases adicionales para cimentar la unión.
Por razones de espacio, nos limitaremos a comentar la habilidad más importante para mantener una pareja sana en el tiempo: ‘la escucha’ como expresión de la comunicación íntima.
Se trata de una habilidad tan fundamental como exigente y poco frecuente en la educación: las escuelas enseñan a leer y escribir, a hablar en público, pero casi nunca a escuchar. Y, sin embargo, es indispensable para la calidad de las relaciones: una escucha atenta y empática, capaz de acoger, puede dar grandes resultados en cuanto a conocer y ayudar a los demás, compartiendo sus momentos más significativos. Y esto no sólo para las parejas. Aquellos que han quedado gravemente marcados por la vida, a causa de una enfermedad o de una minusvalía, saben que el punto de inflexión ha sido el encuentro con personas capaces de una escucha atenta y afectuosa, que ha permitido cambiar radicalmente su forma de ver las cosas [7].
Escuchar es difícil, porque requiere una fuerte motivación, en particular la voluntad de perder tiempo por la otra persona. Los compromisos profesionales no representan un obstáculo si se ha construido una relación hermosa y satisfactoria; al contrario, es también un estímulo para hacer mejor el propio trabajo: «Cuando el éxito en el trabajo con el cónyuge se convierta en una necesidad tan categórica como el éxito en la carrera, ya no se preguntará: ¿cómo encontrar el tiempo? Se sabrá cómo hacerlo. Esto es algo que las parejas felices entienden perfectamente. No podemos recuperar las tardes pasadas con personas que no nos interesan, o que no nos interesan tanto como la persona a la que amamos, para revivirlas con ella de otra manera. Las parejas felices saben muy bien que todo se juega en el “ahora o nunca”» [8].
El papel de las dificultades en las etapas posteriores de la vida en pareja
Naturalmente, cuanto más satisfactoria sea la relación y más se base en el conocimiento efectivo del otro, más fácil será encontrar oportunidades para conocer y apreciar la diversidad de puntos de vista. Si es así, las dificultades no serán un motivo de división, sino un reto, que contiene nuevas oportunidades posibles, que contribuyen a la calidad y la salud de la vida en pareja: «Si vivimos en una relación feliz, tendemos a destacar la importancia de los aspectos positivos y a restar importancia a los negativos, mientras que, si la relación nos hace sentir infelices, hacemos lo contrario. Esta tendencia es importante, porque las emociones y los comportamientos negativos son mejores predictores de la satisfacción, que los positivos, es decir, los aspectos negativos tienen la capacidad de destruir una relación más de lo que los aspectos positivos pueden salvarla» [9].
Los conflictos forman parte de la vida, y por lo tanto también de la vida en pareja. Pero pueden vivirse y afrontarse de forma diferente según cómo se interpreten, sobre todo si hay un deseo mutuo de acercarse, enviando el mensaje de que la relación es más importante que el problema. Uno de los retos más delicados en este sentido es la capacidad de notar la posible diferencia de evaluación de las acciones del otro. Cuando cometemos un error, tendemos a justificarlo con diversas razones, en su mayoría involuntarias (prisas, cansancio, descuido, superficialidad). En cambio, cuando sufrimos el error del otro, ocurre lo contrario: se tiende a ver como un acto grave, realizado intencionadamente por la otra persona.
Ver al otro en términos negativos, y a uno mismo en positivo, puede tener consecuencias destructivas para la pareja: «Cuando la mirada hacia el cónyuge es constantemente crítica, eso indica que no se ha asumido el matrimonio también como un proyecto de construir juntos, con paciencia, comprensión, tolerancia y generosidad. Esto lleva a que el amor sea sustituido poco a poco por una mirada inquisidora e implacable, por el control de los méritos y derechos de cada uno, por los reclamos, la competencia y la autodefensa» (AL 218).
A esto hay que añadir la diferencia de evaluación entre la psicología masculina y la femenina. El enfoque femenino es más global y busca sobre todo alcanzar la tranquilidad ante un problema; los hombres tienden a centrarse en los detalles y, cuando hay una dificultad, se preocupan por encontrar una solución práctica [10]. Esta diferencia también tiene consecuencias considerables en términos de comunicación. Los hombres suelen hablar de un problema a la vez, las mujeres del problema en su conjunto, pero ambos se comunican. La capacidad de hacer una pausa y encontrar tiempo juntos para reinterpretar la trayectoria vital común, explicitando los criterios de lectura de la misma, es fundamental ante las dificultades, porque nos acostumbra a trabajar la motivación y la cooperación, teniendo en cuenta las diferencias estructurales.
El fruto más hermoso que puede surgir de esta comprensión mutua es la capacidad de perdonar. Al presentar a un grupo de personas situaciones ofensivas de diversa gravedad, se observó que la posibilidad de perdón aumentaba cuando se incluían subliminalmente en la película los nombres de personas con las que se tenía una relación afectiva, independientemente del tipo de ofensa sufrida. En otras palabras, la cercanía emocional ayuda a perdonar.
El perdón, aunque inicialmente sea difícil en el contexto conyugal, es indudablemente útil para la vida en pareja y refuerza el vínculo: «Una vasta encuesta de opinión pública realizada en Estados Unidos a finales del siglo pasado documentó que los cónyuges que habían estado felizmente casados durante más de veinte años consideraban que el perdón estaba entre los diez factores que más contribuían a la duración y el bienestar de su matrimonio. Esto es posible porque el perdón lleva tanto a la persona que otorga el perdón como a la que lo recibe a desarrollar actitudes y comportamientos “pro-relacionales”, es decir, actitudes y comportamientos que no son tanto para el beneficio del individuo como para la relación en la que están involucrados. Así, los cónyuges que se perdonan tienden a ser menos agresivos entre sí y a gestionar sus conflictos con mayor eficacia, adoptando modos de comunicación más constructivos» [11].
Cultivar una actitud pro-relacional significa tener en cuenta el bien mayor de la pareja y de la familia, superando las oposiciones individuales, que minan los cimientos.
El papel de los valores
Las habilidades decisivas para la relación a largo plazo pueden incluirse en la categoría más general del compromiso. Cuanto mayor sea el nivel de compromiso y satisfacción alcanzado, mayor será la consistencia de la pareja en el tiempo [12]. Introducir el compromiso en la relación conyugal significa considerar el amor en términos de afecto y no de emoción, intensa pero efímera: el afecto puede expresar lo mejor de sí mismo cuando se une al conocimiento, la voluntad y los valores que lo inspiran.
Por eso, en el Evangelio el amor se presenta como un mandamiento (cfr Jn 13,31-35). Este puede surgir de un compromiso deliberado, en el que hay una similitud en los aspectos de la vida considerados fundamentales, porque uno los ha descubierto y cultivado ante todo en sí mismo.
El amor puede ser una orden: no desdeña el uso del imperativo («¡Ámame!»). Es un imperativo unido al juicio y al sentimiento, e insta al amado a hacer lo que está en su mano, y que nunca podría ser ordenado por una ley. Esto es lo que señala finamente F. Rosenzweig: «¿Puede ordenarse el amor? El mandamiento del amor sólo puede salir de la boca del amante. Sólo el amante puede decir, y de hecho dice, “ámame”. En sus labios el mandamiento del amor no es un mandamiento ajeno, es la voz misma del amor. El amor del amante no tiene otra manera de expresarse que el mandamiento, el “ámame” del amante es una expresión totalmente perfecta, el lenguaje más puro del amor» [13].
Se trata claramente de un amor integrado, que no se limita a una pasión pasajera o a un mero acto de voluntad: es la expresión más bella y estable de la unión entre valoración, afecto y decisión, hasta la entrega. La capacidad de integrar la dimensión afectiva y valorativa es fundamental para las elecciones de vida, para la fidelidad a las mismas y para la capacidad de implicarse profundamente, de amar y permanecer enamorado, afrontando lo que pueda hacer imprevisible, frustrante, conflictiva y agotadora la elección realizada. Se ama a la otra persona no sólo por la gratificación que se puede obtener de ella, sino porque es ella misma, mostrando una lealtad que va más allá del hecho inmediato del enamoramiento o del gusto superficial, capaz de perseverar en tales elecciones, afrontando la duración y el desgaste del tiempo.
El amor puede ser la consecuencia de un compromiso y de una decisión que permiten que perdure a lo largo de los años. Estas son también las características del afecto que los hijos piden a sus padres: que no sea temporal, sino estable, personal y único. Sin ese afecto, se sienten privados de su infancia y de la capacidad de dar confianza, sobre todo para involucrarse en algo bonito.
No se puede huir de la propia sombra
La pérdida de intimidad, inicialmente muy presente, es el primer signo de una posible crisis de pareja. Esto ocurre cuando la tendencia a comunicar un aspecto de uno mismo se extingue y la otra persona se aleja cada vez más, y a menudo se da cuenta de ello demasiado tarde. El secreto queda así «enterrado» y contribuye a la formación de una zanja cada vez más profunda en la relación: «En una crisis no asumida, lo que más se perjudica es la comunicación. De ese modo, poco a poco, alguien que era “la persona que amo” pasa a ser “quien me acompaña siempre en la vida”, luego sólo “el padre o la madre de mis hijos”, y, al final, “un extraño”» (AL 233) [14].
A menudo se cree que cuando surge un conflicto, la mejor solución es la separación y la decisión de establecer nuevos vínculos. La historia posterior muestra, sin embargo, que si estos aspectos del yo y de la relación fallida con el otro – lo que R. Weiss llama el script, el guion de la pérdida [15] – no han sido explorados y releídos (en particular la «tendencia dicotómica» a leer la historia de la pareja en términos de culpable/víctima), tienden a repetirse en las relaciones posteriores. Significativamente, en muchos casos, la persona elegida presenta características extraordinariamente parecidas a la anterior: es lo que se llama la «pareja fotocopia», como en la vida amorosa de los famosos (entre ellos R. Stewart, B. Willis) [16]. Más allá del renombre de los famosos en cuestión, se trata de un fenómeno cada vez más común: la gente busca en otra persona lo que no pudo encontrar en relaciones anteriores.
No hacer el duelo de una relación fracasada, que se descarta precipitadamente, lleva a repetir el mismo modelo y, en definitiva, la misma dinámica. Como señalaban los Padres del Desierto, uno no puede huir de su propia sombra: cuando se ha compartido una profunda intimidad, siempre es difícil disolver el vínculo. No sólo por los posibles hijos o por las cuestiones económicas a pactar (como la casa en la que se vivía o los gastos de la pensión alimenticia). La introducción del divorcio no ha resuelto estos problemas, porque en muchos casos la pareja no está casada, pero sobre todo porque el desacuerdo y el sufrimiento interior continúan incluso después de la separación, y está en el origen de los trágicos desenlaces que, cada vez con más frecuencia, sancionan el fin de una relación.
La verdadera dificultad que subyace a estas derivas es que la separación legal casi nunca se corresponde con la separación emocional y psicológica, el verdadero aspecto del vínculo, que sigue estando presente en la representación interna de la otra persona, y del que los más débiles, sobre todo los hijos, suelen tener que responsabilizarse, provocando más sufrimiento: «Es una irresponsabilidad dañar la imagen del padre o de la madre con el objeto de acaparar el afecto del hijo, para vengarse o para defenderse, porque eso afectará a la vida interior de ese niño y provocará heridas difíciles de sanar» (AL 245). Los que cultivan tales actitudes se castigan, ante todo, a sí mismos, impidiéndose volver a vivir.
Ni siquiera la muerte de la otra persona puede traer la tranquilidad buscada: su presencia interior permanece y sigue perturbando al que sigue vivo. Uno no se siente liberado en absoluto; al contrario, queda una tristeza desconocida para los que han construido una relación feliz. Este es otro aspecto paradójico de la vida en pareja: los que han vivido una relación hermosa y satisfactoria sufren menos la pérdida de su cónyuge que los que han vivido una relación triste y conflictiva. En este último caso, parece que, junto al dolor de la pérdida, está también el arrepentimiento de haber desperdiciado oportunidades importantes en la vida, que podrían haberse vivido de otra manera [17].
El papel de la comunidad
La dimensión del compromiso en la vida de pareja es, sin duda, la más desatendida por el imaginario cultural y emocional de nuestras sociedades. Se trata de una tendencia peligrosa para la salud de la familia, que se pone de manifiesto en Amoris laetitia. El Papa Francisco señala una tendencia espontánea que puede llegar a ser perjudicial para la pareja, la pérdida de su dimensión pública: «El pequeño núcleo familiar no debería aislarse de la familia ampliada, donde están los padres, los tíos, los primos, e incluso los vecinos. En esa familia grande puede haber algunos necesitados de ayuda, o al menos de compañía y de gestos de afecto, o puede haber grandes sufrimientos que necesitan un consuelo. El individualismo de estos tiempos a veces lleva a encerrarse en un pequeño nido de seguridad y a sentir a los otros como un peligro molesto. Sin embargo, ese aislamiento no brinda más paz y felicidad, sino que cierra el corazón de la familia y la priva de la amplitud de la existencia» (AL 187). En la base del compromiso hay dos aspectos esenciales: que se conciba como no revocable y la capacidad de sacrificarse por esta fidelidad. En este caso, la elección puede convertirse en una fuente de alegría y satisfacción, para uno mismo y para los demás [18].
La dimensión pública del matrimonio se ha devaluado mucho en Occidente, debido a una visión esencialmente romántica de la vida conyugal, que ha hecho de la emoción su fundamento. El amor romántico ha tenido ciertamente el mérito de revalorizar la importancia del sentimiento en la elección del matrimonio, desafiando la tendencia a convertirlo en un asunto económico o en una alianza política. Pero privado de su aspecto institucional, el vínculo se vuelve demasiado frágil para hacer frente a las inevitables dificultades de la existencia. La pasión no es suficiente para mantenerla viva. Esta visión del amor es en realidad una peligrosa ilusión, pronto desmentida por los hechos: «Las relaciones son edificios y, como todos los edificios que no se mantienen y mejoran, sufren la afrenta del tiempo. Así como nunca esperaríamos que un edificio se mantuviera por sí mismo en buen estado, no podemos esperar que una relación amorosa se mantenga por sí sola: somos nosotros los que debemos asumir la responsabilidad de hacerla cada vez mejor» [19].
Todo esto lo entendieron bien los propios escritores románticos; sus personajes casi siempre tienen un destino trágico; la muerte es vista como una salida segura a las dificultades de la vida ordinaria. La idealización del sentimiento acabó minando la estabilidad de la unión, haciendo a los amantes no sólo más inseguros, sino también más infelices.
La familia tiene una dimensión institucional irrenunciable, no sólo para la sociedad, sino para los propios cónyuges. Por ello, la exhortación recomienda a la comunidad eclesial que no abandone a su suerte a las parejas, sea acogiendo el sufrimiento de quienes han visto rota una de las relaciones más importantes de su vida, sea acompañando eficazmente a quienes pretenden prepararse para el matrimonio de forma consciente. Los grupos familiares tienen un papel precioso e insustituible en este sentido (cfr AL 206; 230).
La dimensión del compromiso en el matrimonio está ligada a la visión del amor como mandamiento, en el sentido visto anteriormente. Esta paradoja contiene una lección decisiva, que puede corregir el desequilibrio de la mentalidad occidental. Una ayuda para revalorizar su importancia puede venir de otras culturas distintas a la occidental, en las que el matrimonio es el resultado de un compromiso y al mismo tiempo un bello ideal en el que merece la pena jugarse. Esto es posible gracias a la ayuda de las familias de origen, que desempeñan un papel no intrusivo, sino de acompañamiento de la joven pareja, que ha aprendido de sus padres lo que significa amarse y afrontar juntos las dificultades de la vida [20].
(Giovanni Cucci – Adaptación extraída de La Civiltà Cattolica 2022. febrero 18, 2022)
Jesuita, Licenciado en Psicología, Doctor en Filosofía.
Referencias bibliográficas
1. Francisco, Exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia, 2016.
2. Francisco, Exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia, 2016. No. 209.
3. Cfr K. Paige Harden, «True Love Waits? A Sibling-Comparison Study of Age at First Sexual Intercourse and Romantic Relationships in Young Adulthood», en Psychological Science, 25 de Septiembre de 2012; E. Berscheid – H. T. Reis, «Attraction and close relationships», en D. T. Gilbert – S. T. Fiske – G. Lindzey (eds.), The handbook of social psychology, vol. 2, Boston, McGraw-Hill, 1998, 193–281; M. Jay, «The Downside of Cohabiting Before Marriage», en The New York Times, 14 de abril de 2012.
4. Cfr M. Francesconi, «Divorzio e convivenza in Gran Bretagna. Quale futuro per la famiglia?», en Aggiornamenti Sociali 51 (2000) 417-430
5. cf. R. Sternberg, La freccia di Cupido. Come cambia l’amore: teorie psicologiche, Trento, Erickson, 2014, 177 s.
6. Francisco, Exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia, 2016. No. 217.
7. cfr C. Imprudente, Una vita imprudente. Percorsi di un diversabile in un contesto di fiducia, Trento, Erickson, 2003.
8. N. Branden, «Un punto di vista sull’amore romantico», en R. J. Sternberg – M. L. Barnes (eds), Psicologia dell’amore, Milán, Bompiani, 2004, 254.
9. R. J. Sternberg, La freccia di Cupido…, cit., 196; cfr N. S. Jacobson – W. C. Follette – D. W. McDonald, «Reactivity to positive and negative behavior in distressed and nondistressed married couples», en Journal of Consulting and Clinical Psychology 50 (1982) 706–714; N. S. Jacobson et Al., «Attributional processes in distressed and nondistressed married couples», en Cognitive Therapy and Research 9 (1985) 35-50.
10. Cfr H. Fisher, The First sex, Londres, Random House, 1999, 8.
11. C. Regalia – G. Paleari, Perdonare, Boloña, il Mulino, 2008, 70.
12. Cfr G. Levinger – D. J. Senn – B. W. Jorgensen, «Progress towards permanence in courtship: A test of the Kerckhoff-Davis hypothesis», en Sociometry 33 (1970) 427–443; M. L. Clements – S. M. Stanley – H. J. Markman, «Before they said “I do”: Discriminating among marital outcomes over 13 years», en Journal of Marriage and the Family 66 (2004) 613–626.
13. F. Rosenzweig, La stella della redenzione, Casale Monferrato (Al), Marietti, 1985, 189.
14. Cfr D. Vaughan, Uncoupling: Turning Points in Intimate Relationships, New York, Vintage Books, 1990, 76-78.
15. R. S. Weiss, Marital Separation, New York, Basic Books, 1975, 71-82. Cfr AL 241 s.
16. Cfr R. Salemi, «Sedotti dalla moglie fotocopia», en La Stampa, 25 marzo 2009.
17. Cfr I. Yalom, Sul lettino di Freud, Vicenza, Neri Pozza, 2015, 100 s.
18. H. B. Gerard, «Basic features of commitment», en R. P. Abelson et Al. [eds], Theories of Cognitive Consistency: a Sourcebook, Chicago, Rand MacNally, 1968, 457.
19. R. J. Sternberg, «La triangolazione dell’amore», en R. J. Sternberg – M. L. Barnes (eds), Psicologia dell’amore, cit., 161.
20. Francisco, Exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia, 2016. No 208; cfr 213.
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